Penumbra (conto)
Desperté en medio de la noche con una sensación opresiva en el pecho. El cuarto estaba envuelto en una oscuridad que parecía más densa de lo normal, casi líquida. Un sonido sutil, apenas un murmullo, me llegó a los oídos, como si algo se arrastrara entre las sombras. Me levanté, descalzo, sintiendo el suelo amaderado, y me dirigí hacia el cuarto de mis padres, de donde parecía emanar aquel susurro sollozante. Caminé lentamente por el corredor e intenté no verme en el espejo.
La puerta estaba entreabierta, y la luz pálida de la luna se filtraba por la ventana, proyectando sombras que se alargaban de forma grotesca en las paredes. Al entrar, el aire me golpeó con un olor húmedo y rancio. Al otro lado de la cama, la sábana se agitaba levemente, con una lentitud casi imperceptible, como si algo estuviera respirando debajo.
El odor se intensificaba a medida que me acercaba. Había algo ácido en el ambiente, algo que no podía identificar pero que me revolvía el estómago. Al acercarme aún más, noté una mancha oscura que goteaba bajo la sábana y se acumulaba en pequeños charcos sobre el suelo. Parecía una especie de baba blanca, viscosa, que tenía el aspecto de un gargajo, pero no uno normal, sino uno que parecía salido de una mente perturbada, como si un ser desquiciado lo hubiera escupido. El líquido tenía un brillo enfermizo bajo la iluminación nocturna, y el olor que desprendía me hizo llevar la mano a la boca y me produjo arcadas.
La sábana seguía temblando ligeramente. El sonido —ese susurro que había escuchado antes— ahora era más claro, como un jadeo débil y angustiante. Me acerqué un poco más, impulsado por una mezcla de terror y fascinación, y con las manos temblorosas, agarré la tela. La levanté de un tirón, con la misma sensación que tiene alguien al destapar algo prohibido, algo que no debería haber visto jamás.
Una criatura yacía enredada en la sábana, una masa de plumas desgarradas y carne expuesta. No pude reconocerla de inmediato; solo veía una forma rota, mutilada, que parecía haber sido despedazada por alguna fuerza civilizatoria. El líquido blanco seguía goteando de su pico entreabierto, esa flema demencial que se acumulaba en su pecho, mezclado con plumas mojadas y fragmentos de su cuerpo. No era un simple vómito; era como si su interior mismo estuviera descomponiéndose, derramándose de forma repulsiva por su boca.
Solo después de un largo momento de horror comprendí lo que estaba viendo. Era una cigüeña, o lo que quedaba de ella. Su pico, roto en varios puntos, parecía haber sido golpeado repetidamente contra algo duro. Sus alas estaban completamente destrozadas, reducidas a un amasijo de plumas ensangrentadas, mientras sus ojos, abiertos pero vacíos, parecían buscar alguna luz, quizás en un intento desesperado de escapar de su miseria.
El susurro cesó, dejando en su lugar un silencio grave. La cigüeña, o lo que quedaba de ella, seguía allí, inmóvil, con ese líquido asqueroso goteando lentamente desde su pico, mientras la luna alumbraba la escena con una luz fantasmal.
Entonces, en la distancia, un sollozo. Era un llanto ahogado, quebrado, reconocible en su tono, pero a la vez imposible de aceptar. Intenté ignorarlo. Tal vez era el viento, una fantasía de mi mente perpleja. Pero no, seguía allí, persistente, cada vez más claro, más profundo, más cercano. El cuarto parecía encoger, las paredes respiraban.
Los sollozos crecieron, se volvieron más intensos, más desgarradores. Podía sentir su tristeza arrastrándose por las rendijas del cuarto, llenando el aire, saturándolo de una angustia antigua. De repente, entre los llantos, un aleteo. Al principio suave, como si algo grande estuviera batallando contra el viento en la lejanía. Pero luego, el sonido se volvió más fuerte, más violento, mezclándose con los gruñidos de una voz patriarcal. Era un batir de alas monstruoso, pesado, el aire zumbaba con cada golpe. Los aleteos eran tan reales como el cuarto que me rodeaba, tan reales como los llantos que ahora eran gritos. Me agaché e intenté tapar mis orejas con los brazos y las piernas.
Las paredes comenzaron a vibrar, como si el sonido estuviera reventando desde dentro, y los aleteos se volvieron epilépticos. El cuarto era una prisión de madera que crujía y se doblaba bajo el peso de esa presencia. Los sollozos se mezclaban ahora con crotoreos espeluznantes y con chillidos de lo que fuera que batía sus alas. La madera temblaba, mis dientes castañeteaban, y cada fibra de mi cuerpo parecía estar al borde del colapso.
Y entonces, sin advertencia, el cuarto estalló. No hubo ruido. El aire se comprimió en un solo segundo, luego se expandió, desgarrando todo a su alrededor. Mis oídos explotaron de pus y mi cuerpo se deshizo en el aire. Un estallido de dolor, un silbido final que borró todo. Los sollozos, los aleteos, los gruñidos, el cuarto, los crotoreos, mi madre, todo se fue.
Daniel Tree
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